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La Soledad: Desolación o ser uno con Dios
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¿Qué es la soledad?

¿Existirá alguien, que al menos una vez no haya sentido un sabor amargo en la boca, en la garganta, o el corazón encogido, el pecho sofocado en dolor de un extraño vacío, el “silencio pesado” que arrasa la mente, o la necesidad de estar con alguien ausente? ¿Y a quién no le aconteció no tener a quién preguntar una duda incómoda, y decir aquello de lo que simplemente quisiéramos desahogarnos? ¿Quién no tuvo la sensación de que nadie le comprende o acepta tal como es y puede ayudarlo? ¿Quién no se sintió desprotegido, sin esperanza o despreciado por todos? Entonces conoce lo que puede ser la soledad: la fría y sombría soledad.

Para nuestros antepasados, concretamente en la Edad Media, la soledad significaba “sentirse completo” y, en términos religiosos, “Solicitude” traducía la experiencia de ser “uno con Dios”. Hoy en día, la soledad se convirtió en pesarosa y se asocia a la sensación de abandono y desprecio. Por eso la intentamos evitar, precipitándonos “hacia otros”, y manteniéndonos en permanente “estado de contacto” (por teléfono móvil o afines).

¿Por qué y de qué huimos? ¿Por qué no lo enfrentamos y aceptamos naturalmente?

Así reflexiono el poeta Jean Genet: “La soledad no me es concedida; soy conducido a ella por un interés por lo bello; quiero definirme en ella, delinearme en sus contornos, emerger de la confusión. En suma, ponerme en orden”. Y libertarme.

La soledad, la ansiedad, el dolor, la culpa o la muerte constituyen etapas en nuestro devenir humano y tienen siempre un significado, incluso aunque nos cueste admitirlo. Precisamos verlas y entenderlas, así como reparamos en aquello que nos gusta, amamos, nos satisface o nos alegra. Ellas no son indignas ni tienen forzosamente que asustarnos. Si no, un día nos tomarán desprevenidos y no preparados.

La psicóloga Ester Bucholz (autora de “La llamada de la soledad”) indica que la soledad puede ayudarnos a percibir que no nos comprendemos completamente, y que tal vez estamos demasiado aislados. Tal vez aislados de nosotros mismos…

Incluso las experiencias más dolorosas, si son afrontadas positivamente, nos invitan a valorar quiénes somos, lo que queremos y adonde vamos, permitiendo con algún esfuerzo, asimilar una experiencia y adquirir mayor autoconciencia.

Aprender con la soledad

“Acostumbro a sentirme solo, aunque esté rodeado de bastantes personas” -¿Cuántos de nosotros podríamos contradecir la afirmación del mediático Freddy Mercury, ex-vocalista del grupo “Queen”, manifestada después de conocer públicamente la enfermedad mortal que padecía, y cuánto puede este hecho cuestionarse o modificarse?

Es un enorme dilema: hasta cierto punto deseamos tanto vivir que no nos apercibimos realmente de lo que significa estar vivo o existir. Aunque inmersos en la multitud, muchas personas nunca se sintieron tan a la deriva como en la actualidad, en busca de algo que suscite un verdadero interés ¿Cómo negar el cansancio, cuando nuestros ojos lo reflejan y la inquietante y desoladora soledad nos atrapa? Este vacío nos perturba, nos insatisface…, aunque socialmente no lo confesamos.

En diversos momentos, si estamos atentos, percibimos qué frágiles, vulnerables, influenciables y débiles somos, como “polvo de estrellas”. Tantas veces nos dejamos llevar por la mutabilidad de las circunstancias y de las situaciones, por nuestros instintos, por las modas, tendencias sociales y cualquier otro tipo de presión que los otros ejercen sobre nosotros. Invocamos derechos, autoridad y poder, aunque en realidad, por ignorancia, incapacidad o falta de empeño olvidamos nuestras responsabilidades y deberes –principalmente aquel que es el primordial o más sagrado designio: ¡Ser!-. Tal vez por eso se diga que “mas vale ser que parecer”.

¿Entenderemos algo o a alguien si no nos cuestionamos, si ignoramos lo que es importante aunque incomodo, dando valor a lo que es secundario? ¿Cómo será posible no sentirnos solos? ¿Qué podrá satisfacernos?

La soledad tiene muchas caras y no tiene porqué se “mala”. Si respetamos la “serena quietud” que en nosotros resuena y que nos llama ¿qué tiene eso de aterrador? El Hombre está destinado a vivir en grupo, aprendiendo a servir y cooperar. Y los maestros budistas destacan que el significado de pertenecer a un grupo es descubierto en la placidez del silencio y en compañía de la soledad.

Por extraño que nos parezca, los antiguos instructores orientales de reconocida sabiduría, antes de aceptar un discípulo y sus preguntas, le solicitaban que permaneciese en silencio, en algunos casos durantes años. El aislamiento (buscando la interiorización en una reflexión, así como la convivencia, el diálogo y la comunicación son necesidades humanas fundamentales.

Soledad: ¿Intimidadora o redentora?

“Estar solo” no es lo mismo que “ser solitario” (sin ninguna compañía) o “sentirse solo” (incomprendido o ignorado). Estar solo nos facilita el equilibrio emocional y mental. Constituye una oportunidad de redención personal. Cualquier persona, aún muy joven, puede aprender a apreciar estar consigo mismo. Es una oportunidad de escrutar lo que es, llegar a su naturaleza íntima, encarar y resolver lo que le aflige, reforzar su voluntad, lucidez y discernimiento, crecer y llegar a ser un poco mejor y más capaz de responder las exigencias de la vida una; oportunidad de permanecer más apta y confiada en su relación y convivencia, cultivar la amistad, estudiar y divertirse. Aunque importa distinguir los momentos de reconocimiento saludable y reparadores, de los estados depresivos o de aislamiento social permanente e impenetrable.

Más allá de las obligaciones que tenemos, ¿no será con el estrés el modo de cómo actuamos y malgastamos nuestro tiempo, en un día a día agitado y fugitivo, envuelto en tantas preocupaciones? Llega a afectarnos el sueño a aumentar la tentación al consumo de fármacos (de efectos secundarios dudosos o peligrosos) para dormir. Es decir, el insustituible momento de repaso, en soledad y silencio, que ayuda a reponer energías, fue corrompido.

Admitimos que la soledad contradice la proximidad de otras personas ¿Será cierto? En verdad las relaciones familiares no siempre se corresponde con lazos de unión que nos satisfacen afectuosamente. Se puede no obstante vivir solo y sentirse íntegro, incluso consigo mismo, pensando en sí y dejando espacio para amistades (familiares o no) y para una gratificante actividad social. Los momentos de introspección y de contacto pueden complementarse e intercalarse de modo benéfico, ganando así un sentido mas profundo.

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Estar Solo         

Incluso en nuestra agitada cotidianeidad es posible “parar” y permanecer “solos”. Estar solo no exige un espacio tranquilo disponible para meditar u orar. Si lo deseamos, incluso entre la multitud, en un local publico o familiar, en un comercio o en medio de una conversación, encontraremos un momentos para “alinearnos” y oír el sonido íntimo. Como en tantas cosas, la cualidad es prioritaria sobre la cantidad. Si nos acostumbramos a respetar esa llamada, más facilidad tendremos en responder. El poder deriva del querer, de la experiencia y del saber.

Por eso el término “tiempo para nosotros” no puede ser encarado como enfermedad, castigo o falta de alternativa. No solo es vital en momentos de cansancio, tristeza o desgaste emocional; es tan natural y útil como el conversar, respirar o alimentarnos.

La soledad “benigna” puede encontrase cuando nos deleitamos con una música sublime, leemos un libro inspirador, paseamos por un bello lugar o percibimos la magnificencia de la naturaleza, o damos la mano a alguien, nos detenemos por largos minutos, maravillados a contemplar un deslumbrante paisaje, capaz de hacer llenarse nuestros ojos de puras, caritativas y libertadoras lágrimas. Cuando no sabemos estar solos, huimos de lo que la vida nos proporciona y sentimos la falta de algo que nos aliente; quizás de la propia alma. Podemos entonces volvernos al exterior deseando que este nos satisfaga: con otras personas, una ocupación, una actividad, una dependencia o un vicio ¿será eso posible?

Si no comprendemos la soledad, ella se vuelve maligna, y de ella, como de un remolino emocional, no conseguimos escapar. El naufragio puede traducirse en grandes depresiones o en otras dolencias. Urge estar atento, para adecuar una correcta ayuda a quien sufre, como en el caso (grave) de tantas personas, condenadas al abandono y a condiciones precarias, solo porque la sociedad las considera locas, acabadas o viejas (esperando nuestra recelada mortalidad) y ya nadie, ni siquiera los mismos familiares, les quieren ayudar o siquiera dar importancia.

No menos alarmante es la llamada “muerte en vida”. Tenemos de un 70% a un 90% de posibilidades de morir en un hospital (o en camino de él), como consecuencia de cualquier enfermedad, accidente o vejez. Esa será la entrada en una mayor soledad. En su epílogo la persona se ve rodeada de técnicos, instrumentos y extraños aparatos, entorpecida por drogas y tratada como un objeto. Sus pensamientos y emociones no son a veces respetados ni oídos, y muchas decisiones sobre su vida son tomadas sin su consentimiento por profesionales de la salud comprensiblemente atareados y cansados por un trabajo desgastante.

La ciencia, y en particular la medicina, nos aíslan para morir, cuando nuestra desvitalizada presencia les desagrada, aunque nos dicen a lo largo de la vida que la soledad es mórbida, indeseable y enfermiza ¡Qué contradicción! Por eso es esencial distinguir lo que es natural y puro, de lo que es aberrante e indigno. Cuando alguien más precisa hablar o comunicarse de alguna forma, tiende a ser separado y abandonado. Mientras, psicólogos como Marie Hennezel (en su libro “Diálogo con la muerte”) consideran que toda persona enfrentada a la inminencia de su muerte puede ser colocada en una posición donde enfrente cuestiones de índole espiritual. ¡Qué grande es la soledad cuando no podemos exprimir estas cuestiones, compartirlas con otros! ¿Estamos listos para entenderlo?

Solos entre la multitud

¿Conseguiremos atender el sufrimiento interior de alguien si no sabemos lo que es, si no estamos habituados a entendernos? De poco vale una creencia si no se enráiza en una experiencia vívida, íntima y profunda, si no tiene una lógica perceptible y coherente. Los momentos de recogimiento y reflexión nos ayudan en esa búsqueda incesante de más saber, de mejor hacer, para volvernos más conscientes, amorosos, digna y constructivamente activos. Podemos aprender con la soledad y transmitir a las nuevas generaciones que ella, a veces, es insustituible y tan fundamental como saber trabajar en grupo, viviendo en un medio social.

Estar en soledad es imprescindible para hacer brotar la creatividad y la innovación. Científicos, filósofos y artistas, como Einstein, Beethoven, Goethe, Helena Blavatsky, Fernando Pessoa, Agostinho da Silva, José Cardoso Pires y tantos otros son buenos ejemplos de ello. Algunos estudios empíricos también lo confirman: los adolescentes más creativos son lo que cultivan espacios de soledad. Al sentir el “sofoco”, la presión, del silencio, puede el individuo intentar percibir cómo llego a ello, crear algo y así saciar su sed, volviendo a satisfacerse. Vivir ya es, solo por sí mismo, un acto inteligente, sensible y creativo. Podemos desviarnos por caminos sombríos, laberintos de ilusiones y disfraces andrajosos, y valorar cada segundo en que aquí estamos.

Descubrirnos y aceptarnos, incluso breves momentos, nos aproxima también a los otros. Solo estando mínimamente bien con nosotros mismos podemos llevar algo de bueno a los demás. ¿Qué es la verdadera soledad, salvo vivir apartados de nosotros mismos, de nuestra alma, de todos los seres, de todas las cosas… y, en suma, si así lo queremos designar, de Dios?

 

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